Al interior de un bus... cosas que pasan
–¡Estoy cansado de esta maricada! ¡Siempre es lo mismo, estoy harto!, comenta para sí el conductor.
"Buenos días señor", dice la señora cuyo rostro irradia felicidad (sólo ella sabrá por qué), al conductor que algo ofuscado continúa musitando entre dientes:
–Esta güevonada se va a acabar– ¡¿Cómo es posible que haya gente tan pendeja?!, agrega prosiguiendo en su monólogo ofensivo, mientras el bus se acerca a un paradero donde varios pasajeros esperan pacientemente.
"Buenos días", dice el primer pasajero. No hay respuesta. Los demás perciben el ambiente. Silencio.
Son las 11:00 de la mañana. El bus se detiene en el semáforo, un vehículo de color verde oscuro trata de adelantar en rojo y cierra el paso a una moto, el conductor asoma la cabeza por la ventanilla, abre desmesuradamente los ojos y lanza el primer 'dardo' escupiendo una sarta de groserías:
–¡Hijue...!, (quizá tuvo tratos con la mamá de este señor), por eso es que pasa lo que pasa. ¡Mal...! (probablemente él asistió al nacimiento del individuo al que está insultando), '¡oríllate! ', no estás viendo que el semáforo está en rojo. ¡Cabrón! (es posible que él sepa algo de la esposa del otro y por eso se lo dice a manera de reproche).
Los pasajeros comentan en voz baja, y una muchacha replica para sí, pero compartiendo con los demás: ¡Qué señor tan maleducado!
Ante esta afirmación, el dueño del volante mira por el espejo retrovisor y dispara nuevamente sus improperios: –¿Quién le dijo que se metiera en esto? ¡Cállese! Deje de ser tan sapa, nadie le ha tirado cartas en este asunto. Chismosa. No sea tan pu..
Todos callaron. Hasta entonces nadie había pedido la parada.
Luego de un largo receso donde el conductor no dejó de hablar, aunque fuera para sí, el bus empezó a llenarse. Por desgracia (quizá era su día), una joven pagó el pasaje incompleto. Los demás pasajeros que sabían del genio del conductor en ese momento, estaban a la expectativa. No tuvieron que esperar mucho.
–¡Hey, oiga, sí, usted, la de rojo, son 1100, faltan cien pesos! o ¿acaso no sabe cuánto vale el pasaje?
La joven, que se había hecho hacia la parte trasera, debido a la cantidad de pasajeros, tuvo que abrirse paso entre el tumulto (mientras algunos se miraban asombrados y otros torcían la boca, pues sabían que la tensa calma que reinaba en el interior del vehículo, pronto acabaría), para poder llegar donde el chofer.
–Discúlpeme señor, creí que le había cancelado el pasaje completo, tenga.
Sorpresa. Un billete de 50 mil. Todos guardaron silencio en espera de la embestida que no se hizo esperar:
–¿Usted se está burlando de mí? ¿Cree que con este billete me va a callar?
La muchacha atónita e inocente de todo lo que se venía desarrollando antes de que ella 'fatídicamente' subiera a ese bus, solo atinó a responder:
–Señor, no tiene que responderme así. ¿Qué le pasa? Si está bravo, cuente hasta diez.
Al fondo, los comentarios bullían, junto con las miradas de recelo de quienes sabían lo que estaba sucediendo. Ahora le tocaba el turno al dueño del volante.
–¡Creo que una persona con más de tres dedos de frente debe cargar menudo en el bolsillo, lo que pasa es que a veces quieren apabullar a los demás con 'billetotes', como si uno nunca los hubiese tenido en las manos. Estoy cansado de verlos!, exclamó vehemente mirando por el espejo retrovisor, en busca de alguien que lo refutara.
Al fondo, alguien exclamó: ¡Resentido social!
Silencio. Entregó el cambio con cara de desgano (quizá sintiéndose vencido), en billetes de todas las denominaciones. Devolvió 49 mil novecientos pesos a la joven que esperaba pacientemente las vueltas.
Alguien pidió la parada. Una vez. El bus continuaba andando. Dos veces. Tres veces. La respuesta no se hizo esperar:
–¡Nojoda, ya oí, no estoy sordo. ¡La gente cree que uno no se cansa de estar como un pendejo sentado todo el día en esta p... silla!
Bajaron tres pasajeros. Subieron cuatro más. Son las 11:20. El calor es insoportable y en el interior del bus, mezclado con el genio del conductor, el aire, o lo poco que entraba, era pesado, pasmoso.
Alguien tosió. Unos universitarios que iban en la parte de atrás comentaban sobre los resultados de un examen.
Nuevamente piden la parada. Todos miran hacia la parte trasera en espera de que suceda algo. Al parecer nadie se quiere bajar. Otra vez piden la parada. Intempestivamente, en vez de disminuir la velocidad, el dueño del volante acelera.
–Hey, pendejo. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Me vas a llevar para tu casa?, dice al conductor el pasajero que a esa hora lo único que quiere es llegar temprano a su casa.
-Claro, te voy a llevar pero si vas con tu madre que me la quiero comer.
Al fondo se escucha un ¡Por favor señor! La velocidad disminuye y la puerta trasera se abre, el pasajero desciende musitando algo para sí, o contra el conductor. Es lo más probable.
Alguien vuelve a pedir la parada. Los comentarios no han cesado. Todos están a la expectativa.
De manera imprevista la puerta se abre y los pasajeros (los universitarios del examen), bajan riéndose, comentando las incidencias del día, uno de ellos exclama al alejarse el bus: ¡Qué viejo tan boleta!
Al parecer, el conductor ha bajado la guardia. Solo se escucha el ruido de pitos y motores que transitan por la calle. Los pasajeros que continúan al interior del vehículo se miran entre sí.
Finalmente, para mi, que, sin querer estuve presente desde que empezó la metamorfosis del dueño del volante, me tengo que bajar.
Algo temeroso, pido la parada y todos me miran. Se escucha el sonido seco de la puerta al abrirse. Esta ha sido la primera vez que no he dado las gracias al conductor. No era necesario. El resto de la historia la terminarán de escribir o más bien de contar quienes llegaron hasta la última parada de la ruta, si fue que llegaron, con tan particular personaje.
"Buenos días señor", dice la señora cuyo rostro irradia felicidad (sólo ella sabrá por qué), al conductor que algo ofuscado continúa musitando entre dientes:
–Esta güevonada se va a acabar– ¡¿Cómo es posible que haya gente tan pendeja?!, agrega prosiguiendo en su monólogo ofensivo, mientras el bus se acerca a un paradero donde varios pasajeros esperan pacientemente.
"Buenos días", dice el primer pasajero. No hay respuesta. Los demás perciben el ambiente. Silencio.
Son las 11:00 de la mañana. El bus se detiene en el semáforo, un vehículo de color verde oscuro trata de adelantar en rojo y cierra el paso a una moto, el conductor asoma la cabeza por la ventanilla, abre desmesuradamente los ojos y lanza el primer 'dardo' escupiendo una sarta de groserías:
–¡Hijue...!, (quizá tuvo tratos con la mamá de este señor), por eso es que pasa lo que pasa. ¡Mal...! (probablemente él asistió al nacimiento del individuo al que está insultando), '¡oríllate! ', no estás viendo que el semáforo está en rojo. ¡Cabrón! (es posible que él sepa algo de la esposa del otro y por eso se lo dice a manera de reproche).
Los pasajeros comentan en voz baja, y una muchacha replica para sí, pero compartiendo con los demás: ¡Qué señor tan maleducado!
Ante esta afirmación, el dueño del volante mira por el espejo retrovisor y dispara nuevamente sus improperios: –¿Quién le dijo que se metiera en esto? ¡Cállese! Deje de ser tan sapa, nadie le ha tirado cartas en este asunto. Chismosa. No sea tan pu..
Todos callaron. Hasta entonces nadie había pedido la parada.
Luego de un largo receso donde el conductor no dejó de hablar, aunque fuera para sí, el bus empezó a llenarse. Por desgracia (quizá era su día), una joven pagó el pasaje incompleto. Los demás pasajeros que sabían del genio del conductor en ese momento, estaban a la expectativa. No tuvieron que esperar mucho.
–¡Hey, oiga, sí, usted, la de rojo, son 1100, faltan cien pesos! o ¿acaso no sabe cuánto vale el pasaje?
La joven, que se había hecho hacia la parte trasera, debido a la cantidad de pasajeros, tuvo que abrirse paso entre el tumulto (mientras algunos se miraban asombrados y otros torcían la boca, pues sabían que la tensa calma que reinaba en el interior del vehículo, pronto acabaría), para poder llegar donde el chofer.
–Discúlpeme señor, creí que le había cancelado el pasaje completo, tenga.
Sorpresa. Un billete de 50 mil. Todos guardaron silencio en espera de la embestida que no se hizo esperar:
–¿Usted se está burlando de mí? ¿Cree que con este billete me va a callar?
La muchacha atónita e inocente de todo lo que se venía desarrollando antes de que ella 'fatídicamente' subiera a ese bus, solo atinó a responder:
–Señor, no tiene que responderme así. ¿Qué le pasa? Si está bravo, cuente hasta diez.
Al fondo, los comentarios bullían, junto con las miradas de recelo de quienes sabían lo que estaba sucediendo. Ahora le tocaba el turno al dueño del volante.
–¡Creo que una persona con más de tres dedos de frente debe cargar menudo en el bolsillo, lo que pasa es que a veces quieren apabullar a los demás con 'billetotes', como si uno nunca los hubiese tenido en las manos. Estoy cansado de verlos!, exclamó vehemente mirando por el espejo retrovisor, en busca de alguien que lo refutara.
Al fondo, alguien exclamó: ¡Resentido social!
Silencio. Entregó el cambio con cara de desgano (quizá sintiéndose vencido), en billetes de todas las denominaciones. Devolvió 49 mil novecientos pesos a la joven que esperaba pacientemente las vueltas.
Alguien pidió la parada. Una vez. El bus continuaba andando. Dos veces. Tres veces. La respuesta no se hizo esperar:
–¡Nojoda, ya oí, no estoy sordo. ¡La gente cree que uno no se cansa de estar como un pendejo sentado todo el día en esta p... silla!
Bajaron tres pasajeros. Subieron cuatro más. Son las 11:20. El calor es insoportable y en el interior del bus, mezclado con el genio del conductor, el aire, o lo poco que entraba, era pesado, pasmoso.
Alguien tosió. Unos universitarios que iban en la parte de atrás comentaban sobre los resultados de un examen.
Nuevamente piden la parada. Todos miran hacia la parte trasera en espera de que suceda algo. Al parecer nadie se quiere bajar. Otra vez piden la parada. Intempestivamente, en vez de disminuir la velocidad, el dueño del volante acelera.
–Hey, pendejo. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Me vas a llevar para tu casa?, dice al conductor el pasajero que a esa hora lo único que quiere es llegar temprano a su casa.
-Claro, te voy a llevar pero si vas con tu madre que me la quiero comer.
Al fondo se escucha un ¡Por favor señor! La velocidad disminuye y la puerta trasera se abre, el pasajero desciende musitando algo para sí, o contra el conductor. Es lo más probable.
Alguien vuelve a pedir la parada. Los comentarios no han cesado. Todos están a la expectativa.
De manera imprevista la puerta se abre y los pasajeros (los universitarios del examen), bajan riéndose, comentando las incidencias del día, uno de ellos exclama al alejarse el bus: ¡Qué viejo tan boleta!
Al parecer, el conductor ha bajado la guardia. Solo se escucha el ruido de pitos y motores que transitan por la calle. Los pasajeros que continúan al interior del vehículo se miran entre sí.
Finalmente, para mi, que, sin querer estuve presente desde que empezó la metamorfosis del dueño del volante, me tengo que bajar.
Algo temeroso, pido la parada y todos me miran. Se escucha el sonido seco de la puerta al abrirse. Esta ha sido la primera vez que no he dado las gracias al conductor. No era necesario. El resto de la historia la terminarán de escribir o más bien de contar quienes llegaron hasta la última parada de la ruta, si fue que llegaron, con tan particular personaje.


3 Comments:
Estoy segura que todos llegaron.
La verdadera pregunta es cuanto tiempo les tomo a los pasajeros llegar a su destino....
Esa seria una buena idea de negocio: proponer una atraccion en un parque de diversiones (dite tu Mundo Aventura, etc.) llamado The Colombian Bus...seria la que montaña rusa hey!
By
Paola, At
6:05 am
Hola Ricardo, me podrias explicar bien como funcionan los bloggers, sobretodo a la hora de buscarlo en la red, gracias luis hernandez de visita mi blog "luhefa" o escribeme un correo a luishernandezfallas@yahoo.com
By
luhefa, At
3:23 pm
Excellent, love it! »
By
Anonymous, At
3:03 pm
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